Leyendas americanas del borrego cimarrón

Los borregos cimarrones son animales sagrados porque fueron testigos de la creación, según los relatos cosmogónicos de los indios kiliwa, que aún viven en el estado de Baja California. Para los cazadores de todo el mundo, la constelación de Orión, gigante de belleza extraordinaria y gran cazador según la mitología griega, evoca el momento en que muere mordido por un escorpión enviado por la diosa Artemisa, ambos, el gigante cazador y el escorpión, se convirtieron desde entonces en constelaciones.

 

 

Esa parte de Orión que sale de la gran estrella Betelgeuse y que podemos llamar "la maza" es para los kiliwa "los tres borregos de la montaña". Las narraciones de estos antiguos pobladores de Baja California, nos muestran la relación profunda entre la caza, las estrellas y el agua. Nos recuerdan, asimismo, una especie de código sagrado entre los cazadores del desierto, que consiste en compartirlo todo, hasta la abnegación, sobre todo con los que son muy jóvenes o muy viejos.

Con un sentido del humor peculiar y sensibles a su sentido de la libertad, los pocos kiliwa que sobreviven en nuestros días aún creen que si uno no comprende que la bóveda celeste descansa en las cornamentas de los borregos cimarrones, entonces no ha entendido nada.

Constelación Ovejuna
Al señor de estas tierras le gustaba, más que ningún otro platillo, el tuétano de borrego. Su engendro, la criatura que se sienta en la tierra, solía cazar borregos para él. Pero después de un tiempo, la criatura que se sienta en la tierra pensó: "¿por qué no los cazo para mí mismo? me gustaría saber a qué saben". Probó un poco: "mmm... ¡absolutamente delicioso!" Así que se dio un banquete. Preparó una salsa con la sangre y doró las vísceras, y regresó a la casa de su padre, el señor de estas tierras.

 

El viejo señor buscó el tuétano del borrego entre la salsa y las vísceras fritas, y no lo halló. Se lavó las manos con tierra y se alejó. El hijo se sintió ofendido: "¿Por qué no comes lo que te he traído?" El padre no contestó y se alejó aún más. En verdad estaba enojado. El hijo pensó: "he ido a cazar para él en vano". Furioso, salió de nuevo a cazar. Buscó en el sur y no encontró un sólo borrego; fue hacia la costa del pacífico y el cimarrón lo eludió. Probó suerte en el este y no vio nada. Por fin divisó un hato cruzando las montañas del desierto de San Felipe. El mayor guiaba a las hembras y a los jóvenes por las crestas, hacia su hogar, en ascensión.

Les tendió una celada y disparó a un joven carnero que iba a la mitad del grupo. La flecha entró por una de las patas delanteras, se hizo astillas y luego comenzó a descascararse, mientras el resto seguía su viaje ahora presuroso y se lanzaba a través del Golfo de California, pues es ahí por donde aparece la constelación del borrego, en el cinturón de Orión. El joven borrego herido tampoco se detuvo. Desde entonces la maza que vemos en el cielo abierto es la flecha hecha astillas.

La creación del mundo según los Kiliwa
El gran señor meltí-ipá jala ú, el señor coyote-gente-luna, creó la tierra. Vino volando del sur, donde todo es amarillo. Cuando llegó aquí no había nada. Todo era de noche. Alzó su gran bastón y desgarró con un grito la negrura del universo. La luz que se hizo, apenas alcanzó a iluminar la tierra donde estaba parado, y entonces comenzó a aburrirse y a enfermarse. Antes de que la soledad se lo tragara, se levantó y fue al ombligo del sur, tomó un buche de agua dulce y con ella pintó de amarillo su camino.
Del mismo ombligo, el señor coyote-gente-luna tomó un buche de agua salada y lo escupió hacia el norte, por lo que toda esa región se pintó de rojo. Entusiasmado, tomó un gran buche, uno tan grande que cuando lo arrojó al atardecer, el oeste se inundó. El océano que formó era inmenso, el oleaje peligroso y el color del agua oscuro como la misma noche. El señor coyote-gente-luna decidió tomar ahora sólo un buchito y lo esparció hacia el este, formando un pequeño mar, el Golfo de California. Una vez terminada su labor se puso a descansar.


Sacó de su pecho un mazo de hojas de tabaco y fumó en su pipa de barro y madera. Fumó un rato y luego se quedó dormido, mientras el humo se disipaba y formaba senderos, caminos y veredas que nadie, más que el humo, había recorrido antes. Al despertar, el señor coyote tuvo ganas de cantar, pero aún estaba solo. Notó, además, que la tierra estaba desfondada.

Entonces tomó un poco de tabaco, llenó de nuevo su pipa, la prendió y lanzó cuatro bocanadas de humo. Así se formaron cuatro montañas y en ellas colocó los puntos cardinales. Luego creó el cielo. Al notar que también se hallaba desfondado, hizo cuatro borregos cimarrones de sus pantorrillas. Puso uno en cada montaña y les dijo: "el cielo está desfondado. Usen sus cornamentas para sostenerlo".

La constelación del borrego y el mar

El señor de estas tierras se despertó por los llamados de su nuera; la muchacha quería que su marido ya dejara de dormir. Entonces el padre, el señor de estas tierras, se vistió y se fue a caminar lejos, muy lejos de ahí. Caminó tanto que llegó a una tierra lejana. Ahí le dieron ganas de fumar. Sacó su pipa, la limpió con una varita y tiró los residuos en la tierra. Luego se deshizo de la varita, mientras decía: "en algún momento del tiempo futuro una persona, un mortal de carne y hueso, llamará a este lugar la montaña sucia del norte.

"Siguió andando y llegó a un sitio llamado tierra gris. Su piel estaba curtida por el sol y prefirió no parar en aquella villa. Siguió de largo y fue hasta Santa Catarina. Ahí se detuvo y volvió a fumar. El tabaco que traía se acabó. Entonces escupió un poco de saliva sobre la boca de su pipa y tiró los residuos en la tierra. "En algún momento del tiempo futuro una persona, un mortal de carne y hueso llamará a este lugar retoños y bocas de tabaco", pensó el señor de estas tierras.

Se adentró por el cañón de San Rafael y, de pronto, sintió que un estruendo de agua corría por ese lugar. Cuando se detuvo, le pareció que llovía. Volteó al cielo y aguzó el oído. El sonido venía del norte: una vieja canción del norte. De inmediato quiso conocer su origen. Pronto llegó a la fuente, "¡un río!", se dijo el señor de estas tierras, y se dispuso a seguir su curso. Más adelante vio algunas estrellas en el agua y se dio cuenta de que había llegado a la desembocadura. "¡El mar!", se dijo.

Entonces sufrió una terrible transformación. El rumor del agua lo hechizó de tal forma que se convirtió en un caracol negro como los cuervos. Un día, sumido en el mar, cantando ya bajo las olas, el señor de estas tierras se encontró con su hijo, que andaba de pesca. Cuando lo descubrió, el hijo intentó pescarlo pero el padre se escabulló, como los cimarrones en las escarpadas montañas, y volvió a aparecer por allá, lejos de aquella embarcación. El hijo gritó maldiciones. El padre respondió con un encantamiento que había aprendido en el mar. Cantó con las olas del mar y el rostro de su hijo adquirió la forma de un caracol negro, tan negro como los cuervos. El padre nadó más lejos y su hijo se lamentó de que nunca más podría regresar y mirar a ningún ser humano con esa horrible cara. El padre alcanzó a escuchar los lamentos de su hijo, se apiadó de él y entonces volvió a cantar.

Mientras la embarcación donde iba el apesadumbrado hijo que se sienta en la tierra navegaba de regreso a tierra firme entre los rompientes marinos, su rostro y todo su cuerpo desaparecieron. En su lugar, apareció una cordillera poblada de pinos, donde habita el borrego cimarrón. El señor, convertido en caracol, nadó aún más lejos y dijo: "me llamaba el señor de estas tierras. Ya no, ahora soy el viejo de las algas marinas." Antes de ser arrastrado por una corriente oceánica alcanzó a decir: "¡Voy a encontrarme con el espíritu de la casa bajo la sombra de un sauce, en una tierra distante, al otro lado del mar de occidente!".


Nombre de la escuela:
Esc. Sec. General No.18 Magisterio
Estado: Baja California 
E-mail: sebs1@telnor.net